19
Ago
10

Serbia 2010

Ricardo Rodriguez

«Contad que somos gente normal», nos pidieron, sólo a medias en broma, la noche anterior a nuestro viaje de regreso.

Son una familia como otra cualquiera de cualquier otro rincón del mundo, con la particularidad de que el rincón en el que ellos sobreviven es Serbia. Mientras la OTAN bombardeaba salvajemente sus ciudades a finales de los años 90, los principales medios de comunicación occidentales presentaban ante millones de personas a los serbios como una comunidad fanatizada por el nacionalismo y la sed de sangre. Ellos veían los ojos desorbitados de los niños aterrorizados por las explosiones y presenciaban la demolición de edificios públicos y privados, puentes, fábricas y hasta hospitales, al mismo tiempo que a nosotros se nos adiestraba para odiarlos. Es de esta manera como la propaganda de los tiempos modernos forja la mentalidad canalla y la indiferencia por el sufrimiento ajeno: la base es la ignorancia del otro. Quizá siempre haya sido así.

Durante trece días hemos convivido con unos amigos serbios, residentes de Pančevo, una pequeña ciudad de la provincia de Voivodina próxima a Belgrado. En tan poco tiempo es imposible conocer una ciudad, por supuesto, y mucho más labrarse ni una somera idea de la realidad de un país entero. Pero yo sólo pretendo hacer partícipe a quien le interese de las impresiones de un viaje muy especial, igual que quien narra las anécdotas de unas vacaciones en la costa. A fin de cuentas, esto es un blog.

El salario medio en Serbia puede que no supere los 300 euros al mes y, sin embargo, salvo en los alimentos, y no en todos, los precios son muy similares a los de España, e incluso en productos como el combustible, superiores. Es más, el centro de Belgrado está repleto de joyerías y muy caras tiendas de moda, en las que es de suponer que realizarán sus compras los miembros de la elite social que se ha apoderado a la larga de los frutos de la destrucción de Yugoslavia. Porque el resto de la población bastante tiene con lograr hacer una comida al día. La clase media ha sido pulverizada. Por las carreteras que atraviesan la capital pueden verse destartalados Yugo, Seiscientos que se diría funcionan de puro milagro o Mercedes que en tiempos pudieron ser excelentes máquinas pero hoy avanzan con la fatiga de un anciano, junto a rutilantes cochazos de lujo que se exhiben como arrogante prueba de riqueza.

Lo que sí es barato, y muy barato, es el tabaco, y la mayor parte de los serbios fuma sin cesar, en todas partes, también dentro de los coches. Y beben el café turco, negrísimo y áspero, mientras charlan. Son buenos e inteligentes conversadores. En el patio de la humilde casita que nuestros amigos poseen en Pančevo, disfrutamos de varias largas y agradables tertulias nocturnas con nuestros anfitriones y algún que otro vecino que se acercaba. Hablan de política con una mezcla de sarcasmo, resignación e ira, sin eludir mirar a la realidad de frente, con conocimiento de causa. Les repugna la corrupción que infesta el país y desconfían tanto de las promesas vanas de sus políticos profesionales como de la intervención en los asuntos serbios de organizaciones internacionales como la Unión Europea.

En Serbia, además, no es necesario ser muy viejo para recordar tiempos mejores, las décadas de los 70 y los 80, en las que formaban parte de la Federación de Yugoslavia y gozaban de un envidiable nivel de vida gracias a un modelo único de socialismo con autogestión empresarial que permitió armonizar la justicia social y la satisfacción de las necesidades de consumo junto a la iniciativa particular y la participación de los trabajadores en las decisiones de producción. Fueran cuales fueren los defectos de aquel modelo económico, para cualquier serbio que no se haya aprovechado de la rapiña del país resulta desoladora y humillante la comparación de su existencia de ahora con la de entonces. Han presenciado la degradación y el desmembramiento de su patria y la sumisión de sus antaño prósperas comunidades en la penuria, desde principios de los 90, en apenas diez años atroces de sangre, traiciones y desgarros. Aún quedan huellas visibles de la contribución a la catástrofe de nuestros muy democráticos gobiernos occidentales en las fachadas derruidas por las bombas de edificios de Belgrado que todavía no se han podido reconstruir. Y el desaliento que esta desgraciada decadencia provoca en los ciudadanos serbios se refleja en una abstención en las elecciones que ronda el 60 por ciento, lo que trae de cabeza a las autoridades, dado que la ley exige allí una participación mínima en los comicios para que se den por válidos.

De ello hablamos con Josip Broz Joška, nieto del que fuera fundador de la nueva Yugoslavia tras la Segunda Guerra mundial y mítico luchador antifascista, Josip Broz Tito, en el restaurante del pequeño hotel que regenta en Belgrado. Nos concedió una entrevista que aparecerá publicada previsiblemente en el número de octubre de Mundo Obrero, en su calidad de presidente del recientemente creado Partido Comunista, resultado de la fusión de varias organizaciones comunistas en un congreso de unidad celebrado en la ciudad de Novi Sad el pasado mes de noviembre. Aún están enfrascados en la tarea de recoger las diez mil firmas que legalmente se exigen en Serbia para poder registrar un nuevo partido político, lo que prevén que harán durante el mes de septiembre. Piensan presentarse a las elecciones y quieren dirigirse con preferencia a los miles de ciudadanos que se abstienen asqueados por la carestía de la vida y la corrupción generalizada. Los serbios han podido experimentar en sus carnes, más que en ningún otro país, nos dijo Josip Broz, que el capitalismo no les proporciona ni una sola ventaja y ha extendido, en cambio, la pobreza y la injusticia. El Partido Comunista ha entablado ya relaciones con organizaciones comunistas y de izquierdas de Bosnia, de Montenegro y de otras antiguas repúblicas de Yugoslavia; se llama Partido Comunista, sin el añadido de «serbio» o «de Serbia», precisamente porque se proponen como meta última, aunque remota, la reconstrucción del proyecto histórico de la Federación Yugoslava. De manera inmediata, proponen la recuperación de los sistemas públicos y universales de sanidad y educación, la paralización y reversión de las privatizaciones y elevar el nivel de vida de la población. Como providencia primera e ineludible, en caso de que llegaran al poder, promoverían el juicio y «castigo ejemplar» de cuantos se han enriquecido a costa de la destrucción del país. La tarea que tienen por delante no es fácil, desde luego, pero se muestran esperanzados.

Serbia es un país verde y hermoso. En el sur abunda el paisaje montañoso y el norte es llano, pero igualmente feraz por efecto de un clima húmedo. Belgrado es una ciudad colmada de encantadores rincones, como el barrio bohemio, y Novi Sad resplandece con edificios de arquitectura soberbia y llena de colorido. Pero hay otras muchas villas, más pequeñas, de deslumbrante belleza. Los serbios, tanto hombres como mujeres, acostumbran a ser altos y delgados y de muy atractivas facciones. Los belgradeses gustan de pasear, jugar al ajedrez o bailar en el gran parque de Kalemegdan, o tomar el sol y bañarse en el que llaman pequeño mar de Belgrado, en donde se unen los ríos Sava y Danubio. Son amantes de la pesca, para la que el Danubio es un prodigioso regalo de la naturaleza, aunque hoy en día no son pocos los que pescan para poder comer antes que por deporte. También le han cogido afición muchos de ellos a los culebrones latinoamericanos, que ven en televisión en versión original con subtítulos en serbio, razón por la cual aprenden frases en nuestro idioma, si bien con frecuencia no retienen del todo su significado. Una noche, en un crucero por el Danubio, una joven que se percató de que éramos españoles quiso tener con nosotros la deferencia de mostrarnos lo que sabía de castellano y le espetó a mi compañera, con marcado acento venezolano: «¡Dame la pistola!»

Son, en su mayoría, buena gente, como en cualquier otro lugar. Pero el lugar del que ellos son ha estado en demasiadas ocasiones en el centro de las ambiciones de los poderosos a lo largo del siglo XX, y aun antes. Habitan el mismísimo corazón de Europa. Allí se cruzaron los fuegos en las dos guerras mundiales, y en los años 90 se concitaron los intereses imperialistas de Alemania, Estados Unidos y el Vaticano con nacionalismos destructivos y convenientemente atizados desde el exterior. Y la vida de la buena gente de Serbia, como la de la buena gente de Bosnia o de Croacia o de Montenegro, se hizo astillas. El objetivo de despedazar Yugoslavia equipara a Hitler con los dirigentes de la OTAN –que en los Balcanes había que conseguir que cada cual no pudiese aguantar a su vecino era una máxima muy querida del tirano del Tercer Reich. Con la diferencia, claro, de que la OTAN triunfó en aquello en que Hitler había fracasado. Con el paso del tiempo, pueden comprenderse mejor las razones. Imagínense que, en la actual crisis del capitalismo, existiera un Estado socialista independiente como Yugoslavia en Europa que garantizase a sus ciudadanos un buen nivel de vida. Los serbios, por su parte, bromean: «¿Crisis? Nosotros llevamos en crisis desde hace veinte años».

Los habitantes de Pančevo saben mucho de esto, y también de manipulación mediática. Pančevo sufrió la ocupación nazi hasta 1944, y en 1999 fue bombardeada por la OTAN con especial ferocidad por poseer objetivos militares como la refinería de petróleo, la fábrica de aviones Lola-Utva y plantas químicas. «Si Hitler hubiese dispuesto de las posibilidades de manipulación que ofrece la televisión en la actualidad, habría ganado la guerra», nos dijo Branca la noche anterior a nuestro regreso. Y añadió: «Contad que somos gente normal».

Gente acogedora, sonriente, generosa… buena gente que merece una vida mejor.

A Branca, Mićo y Aleksandra, a toda su familia y amigos, a todos los serbios que compartieron estos días con nosotros, de corazón, hvala!

Algunas fotografías del viaje:


Edificio bombardeado por la OTAN en 1999. Belgrado.


Juegan al ajedrez en el parque Kalemegdan, de Belgrado


Bailando. Una escena cotidiana.


El Vencedor, símbolo de Belgrado.


Playa del “pequeño mar” de Belgrado.


El Danubio, por la noche.


Detalle del barrio bohemio de Belgrado.


Entrevista con Josip Broz, presidente del Partido Comunista.


Vista desde el mirador de Novi Sad.


Fachada de la facultad de Derecho de Novi Sad.


Venta de libros en la calle, algo muy frecuente en las ciudades de Serbia.


Subida al monumento al soldado desconocido. Montaña de Avala. Belgrado.


Hay seis figuras femeninas en el monumento al soldado desconocido, que representan a las cuatro repúblicas y las dos regiones autónomas de Yugoslavia.


Torre en la montaña de Avala. Esta torre fue destruida por los bombardeos de la OTAN y se ha construido de nuevo.


Vista desde lo alto de la torre.


En el descenso de la montaña de Avala, fuimos entrevistados por la televisión serbia.


Entrada al museo de la historia de Yugoslavia, en donde se encuentra la tumba de Tito. Belgrado.


Estatua de Tito

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